¿A cuántos has matado ya?
Es difícil aceptar cuando te has desecho ya de algunos, parece fácil poder desaparecer el rastro de ellos, quizá de momento lo logras pero, en el futuro, tarde o temprano, aparecen, vuelven a ti como recuerdos, tu conciencia intranquila en algún momento te reclama y tu te preguntas ¿por qué los maté?...
...Era apenas un niño, cuando su cabeza estaba llena de ilusiones, bailaba, cantaba, brincaba, reía, soñaba, construía castillos en el aire, fortalezas en las nubes, escaleras hacia el cielo, pintaba cúpulas en el firmamento y coloreaba el sol con acuarela, corría, abrazaba y no paraba de reir. Su presente era perfecto, su pasado no importaba, ni siquiera sabía si debía importarle, su futuro era hermoso, al menos para como él lo imaginaba. Los años pasaban, él crecía y sin darse cuenta poco a poco, los castillos en el aire se derrumbaban, las fortalezas se desvanecían y las escaleras se volvían al infinito, las cúpulas se volvieron simples huecos y el sol perdía su suave color. En su mente ahora hay nombres raros, agujas, pinchazos y cuchillos, sus ojos se esconden tras grandes ojeras, trata de ignorar los gritos de auxilio mientras arrastra sus pies hacia el día, tratando de olvidar el rojo de la sangre que atiborraba su memoria, mientras suturaba las heridas de un cuerpo frágil. Toma una taza de café y se sienta en un pasillo frío frente a la ventana, contempla, con los ojos perdidos en el tiempo a las nubes grises que amenazan con desplomarse sobre su ser, parece no importarle, su cara de fastidio refleja su falta de ganas de seguir. Entonces, tira el café sobre el suelo, lo observa y cuidadosamente, como si alguien tomara su mano, dibuja con sus dedos sobre el piso con el café derramado, poco a poco toma forma, parece ser un muro, una torre, un balcón, un puente y puertas abiertas de par en par, dibuja para él, dibuja con gotas de café los arbustos que rodean la torre. Afuera la lluvia cae y un sonido de sirena lo saca del trance y le recuerda que es hora de colocarse nuevamente la bata blanca y ponerse a trabajar...
Ella, joven, soñadora, amigable, tierna, de mirada dulce y de sonrisa de ángel, de ojos claros y pelo negro, pasaba sus años de juventud cantando, unas veces sola y otras veces no, tejía sus sueños con hilo de esperanza, se veía entre reflectores y escenarios, entre fotos y canciones. Pintaba su cara con delicadeza, los labios los prefería llevar al natural, ponía un poco de color en las mejillas y salía con su guitarra a caminar buscando inspiración entre las nubes y entre las gotas de cristal. De repente el ritmo de la vida se detuvo, se volvió aburrido y monótono, se encerró en una habitación húmeda, oscura y sin ventanas, la guitarra estaba en una esquina, destrozada, partida en diez pedazos, con ella lo mató, cuando se dio cuenta que el hilo con que tejía no era tan fuerte como para soportar su vida, cuando los reflectores cayeron al suelo y el escenario se volvió oscuro. Ya no era joven, ya no soñaba, era amarga y la ternura de su dulce mirada se había ido, el rostro donde alguna vez se pintaba una sonrisa, era inexpresivo, sus ojos se ocultaban tras grandes lentes, y el pelo negro ahora era cano y el lápiz del número 2 adornaba su peinado, ya no cantaba, odiaba a quien lo hacía. Cansada de arrastrar por horas su pesada carga, se desplomó en la silla, fijó su mirada hacia los papeles del escritorio, se perdió entre los números rojos y los abre cartas, encendió la radio y miró la guitarra, sonaba una canción que le inundó los ojos, le recordó el día en que lo mató, el día en que le arrancó el corazón cargado de esperanzas. Las niñas de sus ojos no soportaron más y dejaron rodar las lagrimas entre las pestañas, cayendo sobre los informes y las facturas por comprobar, recordándole que casi era las cinco y su jornada laboral estaba por terminar...
Así como ellos, quizá también a ti te sucedió, quiero equivocarme pero pienso que muchos de nosotros en algún momento de nuestras vidas, tuvimos que matar sueños, matamos al chef, al abogado, a la bailarina, al pintor, o como Él y Ella que tuvieron que deshacerse de un arquitecto y una cantante, para convertirse en un doctor y una contadora. Posiblemente no todos estén muertos, quizá si revisamos con cuidado, algunos solo estén dormidos, inconscientes, encerrados en el sótano de la memoria. Quizá podamos revivirlos, no con la misma vitalidad y energía pero podemos rescatarlos. Los sueños que tenemos de niño, muchas veces se quedan en el camino, por falta de apoyo, de dinero, de disciplina. La sociedad, o peor aún, la familia nos corta las alas, nos obliga a buscar una carrera "con futuro", que nos de para comer, que nos permita vivir bien, y la tomamos a cambio muchas veces de nuestra propia felicidad.
Y tú, ¿a cuantos has matado? Cuéntame...
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| Foto: El árbol de los sueños colgados. |



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